Reflexiones

bajo la bóveda de Bach: mística, arte y descreimiento

Redacción Orbe 07 Oct, 2025
bajo la bóveda de Bach: mística, arte y descreimiento

La fe retrocede, pero Bach permanece. Ni el laicismo militante ni la ausencia de dogmas han logrado desactivar la conmoción que produce la "Misa en si menor", una arquitectura sonora donde el asombro humano sobrevive a la muerte de los dioses.

Hay gestos humanos que suspiran más allá del tiempo. Entre ellos, quizá ninguno tan íntimamente universal como asistir, en un ocaso cualquiera, a la interpretación de la “Messe en si mineur” de Johann Sebastian Bach en París, con la atmósfera palpitante de un Théâtre des Champs-Élysées donde la arquitectura se pliega como una suave carcasa de madera y oro. En esa sala —tan laica en su modernidad como sagrada en el fulgor de la música— se reúnen espectadores que, en su mayoría, no llevan más fe en el bolsillo que la devoción común a la belleza sonora. Y, sin embargo, es difícil sustraerse a la pregunta: ¿qué extraña alianza se fragua entre el arte sacro de Bach y el público profano de nuestro siglo?

La figura de Bach ha sido, a lo largo de la historia, un faro para creyentes y escépticos. Su nombre resuena en el imaginario colectivo no sólo como el cantor de las pasiones bíblicas o el arquitecto de coros grandilocuentes, sino también como una suerte de alquimista capaz de transmutar la herencia litúrgica en pura experiencia estética y humana. En el siglo XXI —con Francia encabezando en Europa occidental las estadísticas de increencia religiosa—, es legítimo preguntarse si la música de Bach requiere del oyente una docilidad al dogma, o si, por el contrario, su mística se despliega más allá de las palabras y los credos.

Hay quien ha dicho, no sin ironía, que si alguien le debe todo a Bach, ese es Dios. El apotegma, atribuido a Cioran, revela hasta qué punto el compositor de Eisenach ha llegado a encarnar una religiosidad trascendida, despojada de doctrinas pero preñada de asombro. Y es que, más allá de la liturgia, la arquitectura sonora bachiana es también el despliegue de una razón apasionada: en sus contrapuntos, en la organización matemática del sonido, en el rigor que recuerda la física de Newton, Bach juega con la luz de la inteligencia tanto como con las sombras de lo divino.

No es casual que, en pleno Domingo de Ramos, las butacas del teatro parisino estén ocupadas en su mayoría por melómanos para quienes los términos latinos —“Agnus Dei”, “Sanctus”— evocan más el lustre de una tradición cultural que la vibración de una fe viva. El arte de Bach tiene esa virtud: su profundidad invita, no tanto al recogimiento dogmático, sino a un recogimiento de la sensibilidad. Escuchar, por ejemplo, el empalme entre el “Et incarnatus est” y el “Crucifixus”, es experimentar una emoción visceral que se filtra incluso en quienes han dejado lejos —o nunca han tenido— la creencia religiosa. ¿De qué está hecha, entonces, la conmoción que siente el oyente indiferente a las promesas de salvación?

En realidad, la experiencia musical —y más aún, la del repertorio sacro— se nutre de recorridos biográficos, de la educación sentimental, de las primeras aproximaciones al sonido, ya sean en un salón de clases, al pie de un piano familiar o, en la memoria reciente, ante el resplandor de una sala de conciertos. El contacto infantil con el órgano o la música barroca puede haber predispuesto, como afirma la neurociencia actual, a una sensibilidad particular por ciertas cadencias y armonías, con independencia del sentido religioso original.

Pero acaso haya algo más: una suerte de amor desde la distancia, de contemplación de un fervor que no se experimenta, pero se admira en otros. La etimología de “espectador” remite a quien observa de lejos. La emoción que despierta Bach puede ser la de quien, desde la orilla secular, atisba la intensidad de quienes aún creen —y siente, como ante una obra prodigiosa, una especie de felicidad refleja, un estremecimiento solidario. En este sentido, la música sacra se convierte en un puente: no obliga a compartir el dogma, sino que permite asomarse a la extrañeza luminosa de lo sagrado, sea este real o imaginario.

Frente a la duda sobre la fe de Bach, la discusión sigue abierta. Algunos han propuesto, entre provocación y erudición, que el propio Bach fue, en el fondo, más técnico que creyente. Historiadores como Christoph Wolff han matizado la imagen de un Bach profundamente teológico, señalando cómo las motivaciones laborales y el entorno sociopolítico pesaban tanto como la convicción íntima. Es cierto que, tras años prolíficos de cantatas y misas durante su cargo en Leipzig, compuso poco más en la última etapa de su vida, recluido en una soledad quizá más interesada en resolver ecuaciones melódicas que en la exaltación litúrgica. El tema es incierto, como lo han demostrado también las cartas y los registros oficiales de la época, en los que Bach a veces parece más preocupado por los exigentes empleadores municipales que por la salvación de las almas.

Sin embargo, atribuirle un ateísmo radical sería tan indebido como reducir su música a un mero ejercicio espiritual. Lo cierto es que, en la Alemania luterana del siglo XVIII, la música era ya una lengua mixta: si bien ornaba el culto, era también un terreno de experimentación intelectual, de afirmación identitaria, de búsqueda del orden cósmico. En la elaboración de sus fugas y pasacalles, Bach tejía tanto una alabanza como una pregunta, un homenaje al misterio y, acaso, una celebración del mundo mismo, sin la necesidad de invocar lo sobrenatural.

Hoy, ante sus obras, el público contemporáneo entra a la sala sin palmas ni rosarios, pero con la disposición a dejarse conmover. El influjo de Bach, lejos del púlpito, se extiende al cine, al jazz, a la literatura: se escucha la Chacona en las Variaciones Goldberg reinterpretada por Glenn Gould, se cita su nombre en las páginas de Milan Kundera, se lo evoca, incluso, en la ciencia-ficción. Lo sagrado, en el siglo XXI, ha mudado de rostro, pero la experiencia de la trascendencia —como mostró William James en su estudio sobre la experiencia religiosa— sigue siendo patrimonio de todos, incluso de quienes se dicen inmunes al hechizo de la fe.

Quizá ahí radique la última paradoja de Bach: su música, nacida del seno de una cosmovisión teológica, ha terminado por abrir las puertas a un gozo radicalmente humano, donde creyentes y no creyentes se reconocen en el asombro ante lo sublime. El secreto de su universalidad permanece intacto, inasible, como un acorde suspendido en el aire, esperando todavía su resolución.