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El testamento crítico de Mario Vargas Llosa frente al imperio digital
Redacción Orbe
26 Apr, 2026
El fallecimiento de Mario Vargas Llosa invita a rescatar sus lúcidas y severas advertencias sobre el impacto de la tecnología y la inteligencia artificial en la creación artística.
El reciente deceso de Mario Vargas Llosa en Lima, a los 89 años, no solo deja un vacío incalculable en el panorama de las letras universales, sino que reabre el debate en torno a una de sus cruzadas intelectuales más vehementes de sus últimos años: la resistencia ante la vertiginosa penetración de la tecnología en la creación literaria y el tejido cultural. El autor de La fiesta del Chivo y La ciudad y los perros observó con profunda zozobra un ecosistema donde el algoritmo y la pantalla amenazan con devorar el riesgo formal y la profundidad del pensamiento.
Esta postura quedó meridianamente clara en una reveladora entrevista concedida al diario colombiano El Tiempo. En aquel diálogo, el Nobel peruano desmenuzó las sutiles pero devastadoras mutaciones que el soporte digital impone a la psicología de la creación. Para Vargas Llosa, la pantalla democratiza el acceso pero abarata el oficio, imprimiendo en la literatura una irremediable pátina de informalidad y ligereza. Sostenía que, a diferencia del monitor, el papel impreso ha infundido históricamente un respeto casi religioso en el escritor, obligándolo a una exigencia estética que hoy se diluye. Frente a la alarmante indigencia gramatical que impera en los textos concebidos exclusivamente para internet, el autor sentenció que el entorno virtual incita al facilismo, a la frivolidad y a la paulatina desaparición del rigor técnico.
El escritor fue enfático al aclarar que su intención no era satanizar la Red como herramienta de comunicación. Sin embargo, advirtió con urgencia que si la literatura renunciaba al soporte físico para entregarse por completo a las dinámicas de las pantallas, el empobrecimiento sería inevitable, despojando a la palabra escrita de su capacidad para desafiar e incomodar al lector.
El ordenador como cocinero de hamburguesas literarias
Estas preocupaciones teóricas encontraron su traducción estética en Los vientos, un relato crepuscular que opera como una amarga confesión y un grito de protesta contra la deshumanización contemporánea. En esta pieza de ficción, Vargas Llosa satiriza la indiferencia de las nuevas generaciones ante la muerte de los espacios culturales tradicionales, como las salas de cine madrileñas, reemplazadas por el consumo atomizado de imágenes en tabletas y teléfonos móviles.
El punto álgido de su crítica se dirige hacia la inteligencia artificial y la noción de una literatura automatizada. Con impecable ironía, el narrador del relato describe un mundo donde las novelas ya no se escriben, sino que se fabrican a la carta mediante algoritmos, adaptándose de manera milimétrica a los caprichos banales de cada usuario:
Quién iba a tomar en serio una novela fabricada por un ordenador de acuerdo a las instrucciones del cliente: «Quiero una historia que ocurra en el siglo XIX, con duelos, amores trágicos, bastante sexo, un enano, una perrita King Charles Cavalier y un cura pederasta». Como quien encarga una hamburguesa o un perrito caliente, con mostaza y mucha salsa de tomate.
Para el Nobel, equiparar la generación de textos algorítmicos con el acto sagrado de la escritura constituía un absurdo conceptual. Los vientos trasciende el mero desdén tecnológico para consolidarse como el lúcido testamento de un creador que, hasta el final de sus días, defendió que la literatura es un ejercicio de resistencia humana, un oficio artesanal y sagrado que ninguna máquina puede emular sin transformarlo en un producto perecedero y sin alma.