Reflexiones

Mariano José de Larra: la herida romántica de un país perdido en sí mismo

Redacción Orbe 08 Jul, 2025
Mariano José de Larra: la herida romántica de un país perdido en sí mismo

Hay en la biografía de Mariano José de Larra una especie de espejo trizado que refleja no solo el drama personal, sino el temblor de una España convulsa, desgajada entre el avance y la ruina, entre la modernidad soñada y el anquilosamiento de sus costumbres.

Larra, nacido en Madrid en 1809 bajo el signo incierto de las guerras napoleónicas, traza desde su infancia una trayectoria marcada por el exilio, la inestabilidad y el deseo furioso de entender una nación a la que nunca dejó de fustigar ni, paradójicamente, de amar.

Su infancia transcurre en el destierro: su familia, afrancesada por convicción y oportunidad, acompaña al efímero José Bonaparte en la huida de 1813. Regresan años después y Larra absorbe, en su peregrinar por ciudades provincianas, la atmósfera opresiva de la España restaurada. Es ahí, en el fondo asfixiante de la provincia y en el fulgor incipiente del Madrid literario, donde se gesta el inconformismo que habría de definirlo.

Sus primeros escritos —en particular aquel asombroso Duende Satírico del Día, que él mismo redactaba, editaba y distribuía— lo sitúan de inmediato entre los espíritus insomnes del Romanticismo peninsular. Pero no basta con decir que fue romántico; Larra encarna a la perfección el malestar romántico, esa dolencia del alma que recorre Europa en las primeras décadas del siglo XIX, manifestándose en su melancolía, su ironía corrosiva, sus amores imposibles y su afán de reforma. La España que observa y disecciona, en cambio, parece inmune a sus desvelos: el país del “Vuelva usted mañana” y de la rutina petrificada.

En las veladas de “El Parnasillo”, el rumor incesante de la política y la literatura se convierte para Larra en laboratorio de ideas y de estilo. Allí circulan nombres como Ventura de la Vega, Bretón de los Herreros o Juan Bautista Alonso; allí, también, se fragua la mezcla precisa de desilusión y lucidez que hace de Larra más que un crítico: un verdadero termómetro de su tiempo. La censura, que en 1828 corta de raíz su primera aventura periodística, lo obliga —como a tantos contemporáneos— a reinventarse en nuevas publicaciones. Unos años más tarde, funda El pobrecito hablador y entabla su relación más duradera: la de periodista profesional, cronista ácido y voyeur privilegiado de los fracasos nacionales.

En plena veintena, Larra se casa sin amor y en seguida halla, fuera del matrimonio, una pasión abrasadora e insalvable por Dolores Armijo, imagen misma del amor romántico frustrado. La fatalidad, tan propia del género, no tarda en instalarse como huésped en su vida privada y sus escritos. Algunos de sus artículos más célebres —“Vuelva usted mañana”, “El castellano viejo”, “En este país”— cifran en el costumbrismo una crítica feroz, que sigue inspirando a pensadores y lectores en pleno siglo XXI, cuando la autoironía y el desencanto vuelven a ser moneda corriente.

El teatro, la novela histórica y la política se suceden en su vida con igual intensidad y decepción. Su Doncel de don Enrique el Doliente y la pieza trágica de Macías encuentran eco en el Romanticismo europeo, pero anclados siempre en la particular agonía española. Obsérvese la sincronía entre los amores trágicos del poeta medieval Macías y las propias desventuras sentimentales de Larra: ambos, lejos de la dicha, se precipitan hacia el abismo de la desesperanza.

La década de 1830 es un torbellino: Larra intenta sumarse a la marea liberal que, tras la muerte de Fernando VII, parece prometer un país renovado; saluda las reformas de Mendizábal y es elegido diputado moderado, pero la política pronto le muestra su faz más cruel y mezquina. El motín de La Granja, que anula su efímera carrera parlamentaria, funciona como símbolo de la reiterada frustración nacional. Larra se reconoce a sí mismo, entonces, como un espectador herido: “¿Quién ha sido más derrotado: yo o el país?”, parece preguntarse en cada frase.

Sus últimos textos —“El Día de Difuntos de 1836”, “Horas de invierno”, “La Noche Buena de 1836”— rezuman un escepticismo y una tristeza tan profundos que aún hoy conmueven por su modernidad. En pleno siglo XXI, el eco de su desamparo resuena extrañamente cercano ante la incertidumbre que aqueja a las sociedades saturadas de información y, a menudo, vacías de sentido. En febrero de 1837, tras una visita definitiva de Dolores Armijo, Larra termina su vida en un gesto que aún provoca preguntas y miradas atónitas: un disparo en su domicilio madrileño, a los 27 años.

El funeral de Larra fue una especie de rito laico, un acontecimiento que reunió a periodistas y escritores, entre ellos un joven José Zorrilla, que improvisó versos a su tumba y, sin saberlo, inauguró con ello la leyenda moderna del suicida romántico. El gesto —enterrar casi en secreto a quien la Iglesia habría querido repudiar— marcó no solo una ruptura social sino el inicio de un nuevo rito de duelo público: aquel mediante el cual la literatura sirve de expiación y memoria.

Hoy, la pistola de Larra —pieza central del Museo del Romanticismo de Madrid— es casi reliquia, visitada por turistas y eruditos. Pero lo que perdura de él no es el arma, sino la mirada insomne y lúcida con que supo anticipar la frustración colectiva y la ironía como refugio. Su nombre, indisoluble del periodismo literario, se invoca aún en nuestras dudas, en la nostalgia inacabada por una España que parece debatirse eternamente entre reacción y reforma.

Mientras tanto, en la era digital, la figura de Larra muestra una vigencia inesperada: la crítica a la pasividad, la sátira frente al poder, la defensa del lenguaje preciso, vuelven a ser urgentes. No es extraño que sus textos sigan reeditándose, ni que en los actuales foros literarios se cite su estilo como antídoto contra la mediocridad y la autocensura. El periodista que soñó con reformar su país, el hombre malherido por el desencanto y el amor, el escritor que hizo del artículo un arte: todos ellos caben en ese espejo roto que aún nos devuelve, con cada lectura, nuestra propia imagen.