Reflexiones

¿Por qué los clásicos nos interpelan todavía?

Redacción Orbe 03 Jun, 2025
¿Por qué los clásicos nos interpelan todavía?

"Contemplar la portada recién editada de Por qué leer los clásicos implica, inevitablemente, toparse con un horizonte en perpetua fuga: la memoria de lo leído y lo por leer, la historia que nunca se disuelve del todo en la actualidad".

Contemplar la portada recién editada de Por qué leer los clásicos implica, inevitablemente, toparse con un horizonte en perpetua fuga: la memoria de lo leído y lo por leer, la historia que nunca se disuelve del todo en la actualidad. La pregunta es acuciante en la marea informativa de nuestra época —en la que los algoritmos dictan el flujo de nuestras lecturas y el tiempo se fragmenta en notificaciones—: ¿qué sentido tiene prestar atención a las palabras que cruzaron las fronteras de los siglos?

Extraordinarios, no por esclerosis académica, sino por su vitalidad sorprendente, los clásicos resisten a la erosión de las modas. Calvino, el italiano que nació en Cuba bajo el influjo de una familia arraigada a la ciencia, ejerció durante décadas el hábito promisorio de la relectura. No defendió a los autores consagrados del canon desde los púlpitos de la pedantería, sino que formuló un arte del encuentro, una ética de la curiosidad. Esos libros, venía a decir, son vasos comunicantes de experiencia: un reservorio que se enriquece incluso en la espera, como quien deja madurar una fruta o respira en el umbral de un jardín desconocido.

El fenómeno Calvino en el centenario de su nacimiento —celebrado en 2023 con la publicación conmemorativa de su ensayo en Siruela— no obedece únicamente a la nostalgia. Vuelve porque necesitamos esas preguntas. ¿Qué es un “clásico”? ¿Por qué sus páginas, aun leídas por primera vez, nos invitan al rito de la relectura? Calvino ofreció catorce maneras, no tanto definiciones como espejos que el lector puede inclinar hacia la luz de su propio tiempo. Así, un clásico no sería un manual de buenas costumbres ni siquiera una reliquia, sino una voz que acompaña y desafía, agazapada en los pliegues de la lengua y la memoria colectiva.

Hay algo de alquimia en la trayectoria vital de Calvino: del rigor naturalista heredado de sus padres, lo que traslada a las letras no es tanto la taxonomía como el asombro científico ante el detalle. Perseveró en los laboratorios editoriales de la Italia de posguerra, particularmente en Einaudi —junto a figuras como Pavese y Ginzburg—, donde su oficio estuvo siempre cruzado por el deber de decidir qué mundos merecen perpetuarse en la biblioteca común. Así, la lectura dejó de ser un gesto solitario: se convierte en diálogo, revisión, construcción simultánea del canon y del lector.

Por qué leer los clásicos resulta ser, más que un ensayo, una constelación de ensayos, prólogos y artículos dispersos cuidadosamente reunidos por la argentina Esther Singer, su compañera y heredera literaria. Publicado por primera vez en 1991, seis años después de su muerte, el libro es una suerte de gesto testamentario: el itinerario de quien ha leído y reléela convencido de que la literatura es red y no monólogo.

El núcleo teórico discurre en torno a aquellas catorce sentencias que, lejos de clausurar el debate, abren un mosaico: un clásico es un texto que siempre parece recién escrito; un umbral que invita a redefinirnos en contraluz con él; una presencia que susurra, incluso cuando la actualidad pretende imponerse con su estrépito. Desde Homero hasta Stendhal, de la Odisea a Conrad, cada pieza ensayística muestra cómo se enhebra el hilo entre el pasado y el presente, no para petrificarlo, sino para permitir que la savia intelectual del ayer irrumpa, inesperada, en nuestras preocupaciones de ahora.

La recepción de los clásicos, hoy como ayer, implica alejarse —al menos por un momento— del torbellino. La neurociencia moderna lo confirma: leer, y particularmente leer literatura compleja, reconfigura circuitos cerebrales, desarrolla empatía y propicia el sosiego cognitivo, incluso frente al ruido permanente de la tecnología. Eco de este hallazgo, la obra de Calvino aparece también como una invitación fisiológica: no solo pensar, sino sentir la literatura como ejercicio vital.

En las ferias, en los certámenes, en las discusiones interminables sobre qué conservar y qué olvidar, los clásicos regresan. No como monumentos, sino como criaturas vivas que nos alcanzan y nos problematizan. El mérito calviniano reside en devolvernos la capacidad de descubrir, entre la maraña digital o el apremio de la novedad, la firme y todavía insoslayable necesidad de escuchar esas voces antiguas que, de algún modo, siguen susurrando inquietudes contemporáneas.